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¿Y si se va España? Cinco apuntes sobre el 1-O

Eduardo Maura Zorita

Profesor de Filosofía en la UCM

Diputado del Congreso por Podemos Bizkaia

1. Legalidad y legitimidad. Hasta el 1-O el debate en España se había dado en torno a la legalidad del referéndum y de las leyes aprobadas recientemente por el Parlament. Se hablaba de “choque de legitimidades”, pero el debate era en términos legales: se cumple la ley o no se cumple. La ley del Estado. La que interpreta el poder judicial. La intervención policial del domingo altera los términos. El debate ya no es sobre legalidad, sino sobre legitimidad. Concretamente, sobre la legitimidad del uso de la fuerza, dudosa para una mayoría social amplia, frente la legitimidad de las opciones políticas, nos gusten o no. El Govern ya no tiene que “pelearse” con las leyes: puede oponer su proyecto a la ilegitimidad de la actuación policial y de la gestión de Rajoy. Puesto que incluso quienes dudan o abominan de Puigdemont reconocen el desastre en el que incurrió el Gobierno de España el domingo, es un debate que favorece más al campo independentista que al gubernamental. Ya no se habla de los resultados del referéndum. Ni siquiera de sus escasas garantías. La actuación policial lo ha teñido todo de (i)legitimidad.

2. Desobediencias. Hasta ahora la fuente principal de desobediencia había sido el Parlament. Era desobediencia institucional. La movilización del 1-O modifica el curso y reorienta los repertorios políticos hacia la desobediencia civil y la solidaridad ciudadana. Aunque hay voces a izquierda y derecha que lo niegan, hubo una movilización muy importante en Catalunya, cuantitativa y cualitativamente. No fue un 15-M nacional catalán, pues el 15-M operaba en una clave de crisis de representación no del todo presente en el Procés, pero el 1-O puede convertirse en un hito constituyente. Las imágenes de violencia policial conviven en la memoria con las de muchísimas personas comunes construyendo una identificación popular más allá de las lógicas “independencia sí o no” y “legalidad sí o no”. Esto en las calles. También está el 1-O de las radios, las televisiones y las redes, que generó simpatías entre los que no votaron y que movió a no pocas personas a hacerlo a última hora de la tarde, votaran No, nulo o blanco. Puigdemont no midió bien cuando apostó por la declaración unilateral antes de conocer los resultados definitivos. Produjo desazón y perdió la ocasión de aparecer como un líder democrático transversal. Pero claro, a esas alturas el referéndum y las urnas eran lo de menos. Lo importante estaba cambiando de lugar.

 

3. Banderas. Buena parte de la izquierda española ha reaccionado mal. Ha optado o por el desprecio de las identidades como factor político –un error monumental, pues si no lo haces tú te las construyen otros– o por la lógica del punto de vista privilegiado. Es decir, por explicarnos a todas y todos que las banderas lo tapan todo: la corrupción, las violencias machistas, el paro, etc. Por supuesto que hay políticos que han sentido alivio porque sus causas pendientes tenían menos eco mediático; claro que lo nacional, entre otras cosas, se ha usado para apretar las filas en momentos de agotamiento discursivo. Lo que no nos ayuda a entender, a mi juicio, es pretender que el Procés, el 1-O y el ciclo que se abre son un invento de las élites para que no hablemos de la corrupción. Si un independentista le dijera a un unionista que solo se habla de corrupción para tapar lo que sucede en Barcelona haría el ridículo. Invertir los términos no hace más profundo el análisis de algo que se está dando en capas de realidad y espacios sociales amplios, diversos y complejos. Eso y que, pese al sueño húmedo en el que se han quedado a vivir algunos comentaristas, en Catalunya no hay dos millones de borregos. Hay una base social muy activa y capaz de organizarse de manera cada vez más autónoma (y más allá) del mandato del Govern, al que es capaz de desbordar. Ni Junqueras ni Mas ni Puigdemont, por más que se reinventen, tienen una trayectoria de movilización social. Manejan códigos diferentes a los de la organización popular, más espontáneos e impredecibles. Ni siquiera tienen memoria de las plazas que arrasaron sus Mossos. En todo caso, el 1-O genera condiciones para avanzar hacia un movimiento más transversal que el independentismo realmente existente. Puede hacerlo, pero aún no ha construido esa mayoría. Quizá pase por levantar la vista y reconocer que por gritar ante las cámaras de La Sexta igual te vas a casa entre aplausos, pero al día siguiente estás más solo. Se mire por donde se mire, negar el factor popular y la incidencia de la sociedad civil es un error garrafal de diagnóstico en el que ambas partes harían mal en incurrir. De hecho, a 1-O ya le han seguido una dimisión muy simbólica en Madrid (el director artístico de los Teatros del Canal, Àlex Rigola) y otra en Catalunya (la concejala del PP en Palamós, Vanessa Mányik). La izquierda española no parece entender. Se queja de que no se habla de los temas importantes cuando lo que le importa es que no se hable de ella. Un poco de razón tiene: no se habla de ella.

4. Los políticos. Existe el riesgo de una desconexión no institucional. Dada la calamitosa cobertura de las grandes cadenas, no debe descartarse que el debate mediático siga dándose en claves de hace dos días, dos semanas… o dos décadas. Se hablará de si esto ha pasado o no ha pasado, de si era legal o no, de si habrá una DUI o no y de la reacción del Gobierno en términos judiciales y policiales. Pero también puede que el debate en Catalunya avance en otra dirección: la convivencia entre diferentes y la construcción de un futuro común. Esa desconexión cultural puede estar al caer y tendría consecuencias de fondo. Puigdemont no tiene elementos suficientes para declarar la independencia hoy, mañana o dentro de una semana, pero aún está a tiempo de co-construir algo muy potente y más inclusivo que el Procés tal como lo conocíamos. Una parte importante de la ciudadanía se halla en estado de máxima incertidumbre. Como casi siempre, quien gobierne (en) la incertidumbre gana. Rajoy sabe hacerlo en España. Tiene un solo registro, pero lo maneja a la perfección. Puigdemont no es Rajoy. Su imagen es otra tanto para España como para los que ya le apoyan. Apunta cosas, pero aún no ha demostrado si es capaz de jugar a los Estados. El resto de fuerzas políticas corren el riesgo de ser arrastradas por una corriente antipolítica que las señale, no sin cierta razón, como parte del problema y no de la solución. Por acción o por omisión. Quienes defendemos una solución política democrática y negociada en clave plurinacional debemos asumir que el ciclo político está cambiando y que si queremos ser útiles debemos cambiar de lenguaje, de repertorios y de frecuencias. Un referéndum pactado es lo que desea una mayoría social en Catalunya. Después del domingo también es la mejor propuesta para desafiar a Rajoy en España.

5. Del 15-M al 1-O. El ciclo 15-M-Podemos estuvo marcado por la crisis de representación (“no nos representan”) y por la capacidad para canalizar el malestar ciudadano en un sentido democrático y de avance social (“no somos mercancías en manos de políticos y de banqueros”). Con el 1-O se abre un ciclo político diferente en el que la palabra clave ya no es “corrupción”, sino “Estado”, “España”, “Catalunya” y “modelo territorial”. Hay que hablar de todo, pero sobre todo hay que ofrecer respuestas a las preguntas que se hacen tantas personas, mayores y jóvenes, con o sin empleo. Este ciclo tiene lo territorial en el centro y, aunque lo vistamos de otra cosa, territorial se queda. Por eso hay que prestarle a los repertorios de movilización y construcción ciudadana en Catalunya la misma atención que le prestamos al 15-M, por iguales o diferentes que puedan parecernos. El mismo interés y el mismo compromiso analítico. Queda mucho y pasarán muchas cosas, pero hoy por hoy puede que el independentismo esté más cerca de seducir al 15% que le falta para constituirse en una alternativa viable en Catalunya –es decir, capaz de desconectarse sin provocar un conflicto civil– que el Estado de reconducir la situación por cauces políticos normalizados. Dadas estas circunstancias, la pregunta ya no es qué va a pasar en Catalunya, sino adónde va España. La respuesta no la tienen sus gobernantes. Toca la hora de la gente común y de llamar a filas a la hermana pobre de la revolución democrática por antonomasia: la fraternidad. Si no, lo mismo la que se va es España.

Nota: este artículo fue terminado dos horas antes del discurso de Felipe VI. Aunque no creo que sus palabras alteren el sentido de lo que he escrito, sí pienso que abren un abismo cada vez más grande en España. En la mirada de Felipe VI no hay ningún espacio intermedio entre el 155 y la DUI. Solamente existen esas dos posiciones. En medio se halla una gigantesca tierra de nadie, o quizá un no-lugar, en el que viven millones de personas sin las cuales ni hay España ni autogobierno ni República catalana. Si la idea era transmitir calma fue un fracaso. Si la idea era “avalar” lo que tenga que venir no era necesario.

(Artículo publicado en CTXT el 4 de octubre de 2017)

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